sábado, 12 de abril de 2014

A un paso de tus 3 años. La definitiva

Pasado ya el susto inicial que nos dio la nena volvimos a casa con mi promesa de reposo y óptima alimentación en preparación al parto. Para esos días me dolía mucho la mano, pues nadie me dijo que el suero de hierro era tan pesado y a decir verdad no me pasó ese dolorcito incluso hasta días después del parto.

Cuando regresó la doctora de sus vacaciones pedí inmediatamente una consulta con ella. Llevamos todos los exámenes que me habían hecho durante mi estadía en el hospital, entre ellos, una ecografía. Después de revisarlos y revisarme a mí me indicó que mi nena estaba ya encajándose en el canal de parto y que no podía dejar que descienda más pues, según la ecografía, tenía el cordón umbilical muy corto y corría riesgo de no poder salir.

Sugirió que me internara en el hospital en ese instante y que programemos una cesárea. Era un lunes por la noche y yo no estaba preparada para eso, ni siquiera psicológicamente. Ya que tendríamos que programarla y viendo que aún faltaban unos días para que cumpliera las 37 semanas, le pedí que me la dejara para un día sábado que vendrían mis hermanas y mis suegros, pero ella dijo que no iba a aguantar, que la nena descendería más y se pondría peligroso el asunto. A menos que me quedara en TOTAL reposo pero si me venían contracciones, tenía sangrado o se me rompía la fuente iba a tener que hacer cesárea de emergencia.

Fui a mi casa deseando poder esperar hasta el sábado. La espera más agotadora con ese dolorcito constante en la cadera y con la indicación de no hacer NADA, me desesperé. El miércoles por la tarde empecé a sentir contracciones, aún suaves y espaciadas pero mi esposo y yo decidimos ya no esperar más, no queríamos correr riesgos de que la nena descienda más. Programamos la cesárea para las 8 de la mañana del día siguiente.

Cuántos nervios esa noche! La pañalera lista, lo que yo necesitaría en el hospital listo pero la que no terminaba de alistarse psicológicamente era yo: mi nena ya viene y viene por cesárea, los riesgos, la cortada, la anastesia, la cosida y la recuperación. La nena ya viene, la fecha tan esperada estaba a la puerta y yo imaginándome su carita, como sería?

Llegamos al hospital a las 7 como indicó la doctora para que tuvieran tiempo de preparame. Era una clínica religiosa privada, creo que eso influyó en que el trato sea bastante humanista. Las enfermeras y en general el equipo médico me hicieron sentir muy bien.

Entré solita a la sala de preparación pues mi esposo se habia ido a hacer los tramites de ingreso. Una enfermera me puso un suero y una sonda para drenar la orina durante la operación. Eso dolió y a partir de ahí me puse a llorar por los nervios, pero la enfermera me pidió que me calmara y me iba explicando paso a paso todo lo que hacía y por qué. Me vendaron las piernas, me pusieron la bata, me rasuraron "ahí", y caminando me llevaron al quirófano. Por cierto, súper incómodo caminar con esa bendita sonda entre las piernas... Oish!

Llegó el anastesista, un tipo joven que en un principio no me dio confianza pero en cuanto me habló y me explicó cómo se ponía la epidural me tranquilizó por su tono seguro y a la vez me horrorizó saber lo que me iban a hacer. Mi doctora que para eso ya había llegado me miró a los ojos y me dijo: "vamos a hacer esto juntas, todo saldrá bien, no llores más que después puedes tener complicaciones". Es que mis nervios! oish! ver tanto aparato médico, agujas, cuchillos, batas, la maldita sonda que molestaba, mis piernas inmovilizadas y mi esposo no estaba ahi!!Donde está mi esposo? Ahi viene, me dijo la doctora.

Debo decir que en verdad ni sentí como me pusieron la agujota esa, la doc me ayudó a encorvarme y sentí un ligero pinchazo y la voz del doctor diciendome "ya está" "eso es todo? ni senti". Manitos de ángel había tenido ese doctor.

Me acosté, me extendieron los brazos, me levantaron un poco la cabeza. Llegó mi esposo con el traje azulito y sentí un gran alivio excepto porque la posición me estaba sofocando.

- Amor, háblame de algo
- De qué?
- No sé, de cualquier cosa... de esas historias de cómics que siempre me cuentas.
- No se me viene ninguna a la cabeza orita! (pobre, también estaba nervioso, sólo que trataba de no demostrarlo)
- Ya empezaron?
- (Se levantó un poquito, miró y regresó con cara de "lo he visto todo") Si, ya empezaron, acabo de ver tu útero.
- Señor, quédese sentado!
- Ok
- Oish!

Pensé que sentiría cuando me cortaran o por lo menos un cosquilleo pero nada, solo sabía que ya me habían cortado por medio ver al equipo médico como iba y venía. Al rato escucho un llantito, pero no era claro, como de alguien atrapado.

- Ahi viene ya - dijo la doc.

Un par de segundos después el llanto se hizo más claro y llegó a ser un fuerte grito, ese llanto de bebé que solo escuchas una vez en la vida: el anuncio de su llegada con toda la fuerza de sus pulmoncitos. Era un llanto completamente diferente a cualquiera de los muchos que escuché después, este tenía un tonito único, como que mi bebé viniera gritando "por qué me sacaron!? ahora ya estoy aquí y me haré escuchar! donde está mi mamá?!"

Unas lágrimas cayeron por mis mejillas, pude ver a mi nena y no era como me la había imaginado, era mejor! Pasé meses pensando en su carita si sería parecida a mi o a su papá, pero ahí estaba pareciéndose a ella sola, única como es. Solo una madre podría mirar a su bebé recién salido del horno, aún sucio, ensangrentado y ver la belleza en todo aquello.

Así la vi, así la amé más. El segundo preciso que quedó marcado por el resto de mi vida y siempre recordaré.

La doctora me la acercó un poco, mi esposo le tomó fotos (lamentablemente, se me perdieron en un celu que se me robaron) y se la llevaron.

- Amor, por favor, anda con ella, que esté bien, llévale la ropita... - para eso mi esposo ya se estaba levantando corriendo atrás de su hija que iba en brazos de la pediatra.

El resto de la operación tendría que ser aburrido, supuse yo, pero debido al llanto mi nariz había empezado a taparse, y yo sin poder mover la cabeza o manos para acomodarme y poder respirar mejor. Empecé a desesperarme: "doctor, no puedo respirar!" "ya ve, eso le pasa por estar llorando... calmese, ya le vamos a acomodar".

Pero me desesperé, sentí la garganta seca, me dieron naúseas, sentía que quería vomitar... no sé qué más pasó porque yo seguía diciendo que no podía respirar y al rato me dormí. No sé cómo me sacaron del quirófano, mi esposo me contó después que el regresó y me vio como desmayada con los ojos abiertos y que me estaban pasando de una cama a otra. Lo siguiente que recuerdo es medio despertar en una sala de recuperación temblando terriblemente y ver un alma caritativa que se acercaba a arroparme mientras yo caía en un profundo sueño.

Me desperté horas después en esa misma sala donde no había nadie. No sabía si llamar a alguien o qué, me preguntaba por mi nena: donde estaría? tendría hambre? se habría dormido? mi familia la habría visto ya?

Al rato llegó una enfermera a ver si ya había despertado yo, me quitó las vendas de las piernas y me revisó a ver si me podía mover y tal. Me ayudó a cambiarme de ropa, quitarme la bata de operación y ponerme una mía. La mejor noticia que me dio fue cuando me dijo que mi nena estaba bien, que el chequeo que le hizo la pediatra estaba todo normal y que se había quedado dormidita en el cunero pero que ya estaba por despertar y me la traería para que le diera de comer.

Hermosa imagen de mi nenita toda vestida de rosa, con su gorrito y guantes. Pequeñita y frágil. La pusieron a mi lado e intentamos la lactancia por primera vez, creo que eso será otro post. Por lo pronto, esta fue la historia de cuando nació mi nena hace tres años ya, y nací yo como madre suya.


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